La riqueza forestal de Galicia

  El bosque forma parte consubstancial de la historia de Galicia. Las leyendas y supersticiones populares otorgan a los árboles de nuestra tierra propiedades mágicas, religiosas o curativas. Incluso algunos, como el nogal, han sido tachados de nocivos. Hace unos años, lamentablemente, el bosque gallego fue noticia por los incendios que, afortunadamente, parecen haber remitido.

  Galicia y bosque están íntimamente unidos. Y los datos estadísticos nos ayudan a entender el porqué. La superficie forestal, excepto en la provincia de Pontevedra, alcanza más del 60% con respecto al total de Galicia, y es muy superior a la media española. Todo el país gallego es un país de bosques, aunque la intervención humana ha dado origen a grandes extensiones desarboladas, unas veces para conseguir terrenos de cultivo y otras para incrementar zonas de pasto para el ganado. Pero lo natural en Galicia, dado su régimen pluvial y termométrico, es el bosque, que debió ocupar la totalidad del suelo excluyendo los picos más altos y escarpados.

  El monte gallego posee más del 15% de las existencias maderables de España. La producción de madera en Galicia supera a la demanda de la industria gallega por lo que buena parte se exporta a otras regiones españolas.

  El bosque nativo está constituido por dos tipos de roble -quercus robur y quercur pirenaica-, conocidos entre nosotros, respectivamente, como carballo y cerquiño. Antes de que la mano -y la sierra- del hombre alterara el ecosistema, ocupaban la práctica totalidad del suelo gallego; el primero predominaba en las zonas más húmedas y el segundo en los terrenos más secos. Las "fragas" y las "devesas", hoy ya muy reducidas, son un reflejo del bosque primitivo. Otros árboles, menos abundantes, dan variación a ese bosque. En las zonas altas y calizas del oriente gallego hallaremos el haya y el roble albar; el abedul (bidueiro), el aliso (ameneiro) y el fresno (freixo) se encuentran próximos a los ríos y en las zonas húmedas; el alcornoque (sobreiro) y el almez (lodoeiro) son propios de las cuencas del sur, mientras que el arce (pradairo) y el olmo crecen en las del norte. El castaño, pese a los estragos que causó la enfermedad de la tinte, sigue siendo abundante.

  Todos estos árboles, excepto el alcornoque, son de hoja caduca, creando ricas variaciones cromáticas que dan al bosque gallego su particular y serenísima belleza, en clara sintonía de color con el musgo, la hiedra y los líquenes. Sin embargo, esa gran belleza no ofrece, como contrapartida, un gran valor productivo, sobre todo en lo que se refiere a los dos componentes principales, el carballo y el cerquiño, exceptuando, únicamente, el valor del fruto del castiñeiro.

  Por esta razón, gran parte del bosque nativo se ha sustituido por pinos y eucaliptos, este último reducido a zonas costeras porque no resiste las heladas. Dos especies de hoja perenne que dan al paisaje una monotonía que antes no existía. Además, desde el punto de vista ecológico, tanto el pino (piñeiro) como el eucalipto encabezan ecosistemas muy distintos al nativo, lo que trae aparejados importantes cambios en la fauna y flora que cobijan. Pero, desde un punto de vista financiero, han incrementado fuertemente el valor del suelo ya que la producción maderera es muy superior.


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